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Jorge Aceituno:
Retratando a los olvidados
por Cristián Labarca Bravo
Su modestia y el poderoso deseo de no figurar gratuitamente,
han relegado al fotógrafo Jorge Aceituno a la inmerecida sombra.
Pero ni los esfuerzos más animosos habrían tapado la emoción
y la mirada inquietante que emanan de Con Agua de Cielo, un viaje diferente
por la historia de la pintura, su último trabajo recién
expuesto en el Centro Cultural Estación Mapocho. Quisimos saber
qué hay detrás de este hombre de bajo perfil y reconocida
timidez, y cómo ésta desaparece a la hora de fotografiar.
Difícil de definir, si lo que se pretende es
evitar el lugar común y más aún si el sujeto en cuestión
se las arregla para pasar inadvertido, en un mundo donde todos buscamos
lo contrario. Pregúntale a quien lo ubique, Jorge Aceituno (1957)
es –te dirán- un hombre talentoso, eximio retratista y un
maestro en las artes culinarias, etiquetas todas verdaderas, por cierto.
Pero ¿Qué hay bajo ellas? ¿Qué hay en la retina
de este ojo nada de introvertido a la hora de fotografiar? Pregúntale
a quién de él haya visto su trabajo, a quien de él
conozca su relación con el ser humano, especialmente con aquel
en cuyo letrero destaca, como un estigma, la leyenda “diferente”.
Y pregúntale –al propio Aceituno- por sus ideales, averigua
por qué ha gritado, cuáles son sus silenciosas exigencias...
Pregúntale por qué ha fotografiado.
Averiguarás que en medio del estruendo y las luces de la ciudad,
no todo lo que brilla es oro... ni todo lo que es oro brilla. Es el caso
de este fotógrafo.Poderosa alianza
Debe ser el proyecto con el que Aceituno se dio a conocer definitivamente,
pese a que Con Agua de Cielo es fruto del trabajo de cuatro individuos:
Alejandra Aceituno (Producción Artística), Paulina Valente
(Dirección Literaria), Jorge Moraga (Pintura Digital) y Jorge Aceituno,
además de los propios artistas que intervinieron con total libertad
y dieron nueva vida a la obra de Kahlo, Vermeer, Modigliani y Mori (por
nombrar a algunos); los alumnos con discapacidad mental del Centro Aquelarre.
Aunque prefieren no ser catalogados de ‘colectivo’, reconocen
ser miembros esporádicos de una sociedad o cooperativa que se ha
reunido para diferentes trabajos. Aceituno, de hecho, gusta de estos cruces
donde la fotografía es el eje creativo “del cual nacen distintas
obras al rededor, ya sean literarias o de intervención pictórica...”
A modo de ejemplo, pronto podremos apreciar el resultado de su diálogo
con Antonio Becerro, Paulina Valente y Jorge Moraga, quien nuevamente
intervendrá las imágenes recogidas por el fotógrafo.
El proyecto –que llevará por nombre el sugestivo “Yes
I Can”- consta de tres rabiosos niveles: Uno de remembranzas ligadas
a nuestro pasado reciente, otro a nivel poético, basado en diferentes
aforismos chilenos, y un tercero centrado en la traslación de lugares,
determinado por una nota periodística que informó de la
resolución adoptada por la Corte Suprema, la cual autorizó
la captura de perros vagos tanto en la comuna de Providencia, en Santiago,
como en Punta Arenas. Nos lo explica Jorge Moraga: “A partir de
las fotografías de Aceituno, realicé intervenciones digitales
en estos tres niveles; La frase ‘Hacer perro muerto’, por
ejemplo, la ligamos a los perros que realmente merecen morir, cientos
de torturadores que aún andan sueltos. Al ver esta suma de imágenes,
quizá inconcientes, van surgiendo cosas. Un chico punk que trabaja
conmigo hacía la analogía entre la cabeza de perro y la
mujer desnuda, que es –me decía- como la degradación
misma de la violación, de la zooviolación. Y cabeza de perro
era como el mal sueño, la pesadilla del hijo de estos torturadores”.
Otro: “Una idea que me atrae bastante es la de Jorge Moraga: ‘El
museo del hombre común’ –adelanta Aceituno-, que rescate
los actos creativos de las personas comunes y corrientes, que cualquier
persona pueda potenciar algo que, siendo inherente al ser humano (lo artístico)
es bloqueado o sesgado por cierto tipo de formación”. “Seres
que tratan de crear arte sin pretenderlo, sin pasarse el rollo del ser
artista –agrega Moraga. Lo opuesto a Zurita, que dice ‘todo
hombre, por modificar sus espacios mentales, por clavar un clavo, ya es
un artista’. Pero, claro, los premios los recibe él. No los
recibe el tipo que es sujeto y objeto de su discurso. Esa es un poco la
paradoja, en Con Agua de Cielo el premio es nuestro, pero también
es de ellos. Quedarán las fotos de Aceituno, las pinturas, pero
a la larga quedará el retrato con la mayor belleza que ellos dispusieron.
Hay detalles de miradas que no son casuales, son magníficas, hay
nostalgia... Pero el modo de mirar de ellos es realmente especial, aunque
esté con un armiño de cartón” (Andrea la dama
del armiño, basada en la pintura de Leonardo Da Vinci).
¿Ves fuera del cuadro esas miradas?
-A diario. Y te acogen o rechazan. Aceptan o no, dependiendo de la mirada
de la persona. Perciben inmediatamente si vienes a apalearlos o a aprovecharte
de ellos. Por eso, Aceituno recalca en primera instancia la generación
de una confianza, en el cotidiano, eso es muy importante. Y es lo que
me interesa del arte africano, que a diferencia nuestra, el médico
de la tribu o el brujo puede, si lo desea, ir y pintar y luego seguir
en su rutina habitual. Eso es lo que a nosotros nos liquidó culturalmente,
esa disociación, esa esquizofrenia donde el médico sólo
se dedica a curar y el ingeniero a hacer cálculos.Con Agua de Cielo
En palabras de su gestor, Con Agua de Cielo, un viaje diferente por la
historia de la pintura, es un proyecto multidisciplinario de integración
artística, que nace en 1992 como una exploración fotográfica
y pictórica, experiencia educacional que se llevó a cabo
con jóvenes artistas con discapacidad mental del Centro de capacitación
técnica Aquelarre. En carácter de modelos, un grupo de jóvenes
y adultos logran transitar desde obras clásicas de la pintura,
las que recrean e interpretan fotográfica y poéticamente,
para luego reinterpretarlas en soporte digital, regresando así
las nuevas imágenes a su origen; la pintura. El paso, explican
los autores, no es menor, pues se trata de “proponer un concepto
de producción artística que integre la creación al
mundo de la discapacidad, aunque ésta no tenga cabida en las historias
del arte”. El resultado fue el que llevó a Ramón Grifero
a preguntarse: “¿De quién es entonces la historia
de la pintura?”.
A la hora de escribir, Paulina Valente cuenta que “estos poetas
tenían la barca del verso en sus manos y una segura ruta en el
alma, reconocían diversos elementos de creación y de expresión
de la palabra y la escritura. En conjunto imaginábamos los materiales
del taller del artista en el momento en que se pintó la obra, nos
deteníamos en la luz y en la atmósfera que existía
en la tela. Nos hicimos preguntas, reflexionamos, por ejemplo, sobre cuántas
lunas de plata habría más allá de la puerta del salón
donde se encuentran Las Meninas, pintadas por Velásquez, o qué
impresiones tuvieron los militares cuando entraron al taller de Picasso
y se encontraron con Guernica. Frente a esta obra, la visión fue
unánime: ‘vinieron unos bandidos de la policía –expresaron-
vieron Guernica y la hicieron Picasso’”.
Finalmente, Jorge Moraga da cuenta de su acercamiento al tema: “Las
personas más desvalidas de nuestra sociedad son aquellas con discapacidad,
en las poblaciones están escondidas y de la historia del arte han
sido excluidas, no han sido tema. Si uno hace recuentos, creo que las
persona que los dignificó fue Velásquez, porque los puso
en un sitial correspondiente. Los demás eran caricaturas. Y no
olvidemos que hubo culturas occidentales que los ahogaban, eran consideradas
creaciones fallidas, aunque en otras también se les consideraba
como el loco o el sabio de la aldea. Entonces, metodológicamente
la idea fue trabajar con los chicos en un formato pequeño y liviano,
que ellos manipularan Photoshop hasta encontrar una línea editorial
de identificación. Delimitamos el modo de encarar las pinturas
digitales, respetando como premisas esenciales la presencia de fondos
gestuales, figuras auto reconocibles y la utilización de manchas
y transparencias (...) Cuando observaban la pintura madre y alguno de
ellos exclamaba ‘¡ahí estoy yo!’, sumábamos
un punto a favor; lo mismo sucedía con la fotografía y la
nueva pintura digital...”
La directora del Centro Aquelarre y hermana del autor, Alejandra Aceituno,
narra el génesis de este viaje: “A partir de un hecho fortuito
y anecdótico encontré un periódico donde aparecía
la pintura de Amadeo Modigliani, El retrato de Léopold Zborowski,
el cual de inmediato me hizo recordar a un alumno muy histriónico,
Manuel Toro. Instintivamente llevé el recorte a la clase, se lo
mostré con entusiasmo y él lo imitó. Ese fue el primer
espejo de agua pictórico, una imagen que quedó ahí,
esperando. No vacilé, entonces, en llamar a mi hermano, Jorge Aceituno,
fotógrafo de profesión y artista explorador de vocación”.
El fotógrafo, que ya publicó el fruto anterior de su trabajo
con discapacitados (el libro ¿Hay alguna flor que se come? Editorial
Sudamericana Chilena, también junto a Paulina Valente) posee una
extraña fijación: “Retratar obsesivamente al ser humano
que habita en cualquier parte del planeta, concebido poéticamente
como gotas de agua que dan vida a ríos, mares, puertos y faros
de belleza y humanidad”. Desde sus inicios, allá por los
’80, atrae de Aceituno su especial mirada a los menospreciados por
ésta nuestra sociedad, por el marginado, el excluido, el más
débil o aquel al que ignoramos, como si no conviviera a diario
junto a nosotros, caminando por las mismas calles que creemos nuestras.
“Para mí lo principal es la dignidad de las personas –dice,
a propósito de su interpretación de El Beso, de Gustav Klimt-
y que este trabajo no desaparezca con el tratamiento que muchas veces
hacen con estos temas los medios de prensa. Porque hay cierto desprecio
y la tendencia a mostrar rareza, y lo que a mí me preocupaba era,
justamente, no caer en un tipo de imagen que mostrara a dos personajes
extraños a la sociedad, en una intimidad que la gente no conoce
y por lo tanto no está acostumbrada... ¡Y cuando uno ve lo
cariñosos que son! ....Es algo que muchas veces se mal interpreta
recalcando que estos chicos no tienen límites en lo sexual, pero
la verdad es que cualquier persona cuya sexualidad es reprimida -porque
el problema es que a ellos los reprimen- tendrá exacerbada su sexualidad.
Aquí hay una cosa más de afectos y de la forma en que yo
trabajo, con encuadres cuadrados, donde no hay mayores deformaciones,
insertos en una representación relativamente clásica. Son
bien simples estas fotos y en ese sentido lo que más me interesa
es lo que transmiten, los estados emocionales o de ánimo”.
“Como ejemplo –escribe Aceituno en el prólogo del libro,
aún no publicado- puedo citar al alumno Cristián González
Gibson (Tatán) quien quería representar a Vincent Van Gogh
adoptando la identidad de Sherlock Holmes. Él fue el investigador
inglés que tenía la oreja brutalmente cortada y, mientras
posaba bajo su chaqueta y succionaba su pipa clamaba: ‘¡no
me corten la oreja, no me corten jamás la oreja!’, la cámara
y el ojo lo visualizaron íntegro, lleno de brillo en su expresión,
con algo que se salía del personaje. Es ahí cuando nació
la fotografía más intensa, más sentida y comprometida,
más radiante en toda su energía; es cuando los estados de
ánimo marcan la mirada y hacen cambiar todas las tonalidades de
la piel...”
¿Y cuál es tu estado de ánimo mientras haces estos
retratos?
-Bueno, yo siempre estoy muy entusiasmado, es como el estado de goce que
uno tiene cuando niño, cuando prometen llevarte a un lugar que
te gusta mucho. Es una relación principalmente emocional, yo voy
a buscar eso, que ellos se sientan cómodos con lo que van a hacer
y que en algún momento de naturalidad yo pueda apretar el obturador.
Creo que la mayor tarea es esa, encontrar el momento para obturar, aparte
de la idea de recrear la luz, la pose y la caracterización de los
personajes. Por eso es en blanco y negro y no en color, porque no hay
una intención de lograr reproducciones fieles.
¿Cómo ves la respuesta del público ante tu trabajo?
-Hay cierta llegada al ciudadano común y corriente, lo vi cuando
parte de la muestra se expuso en la Galería Antonio Varas, para
Banco Estado. Había gente que se quedaba enganchada mirando las
fotos y se les generaba cierta emoción...
¿Debido a que nos hemos encargado de esconder a los discapacitados
mentales y es raro verlos fotografiados, más aún como protagonistas
de un proyecto artístico?
-Creo que es más bien por el acto artístico que están
haciendo. Eso es lo que sorprende. Porque, si te fijas, desde hace algunos
años al discapacitado mental se le está integrando. Y cuando
uno era chico, si veías a un niñito “mongólico”,
como niño te daba susto. Ahora están en los colegios, en
general la reacción de la gente es positiva, aunque siguen viéndolos
con cierto paternalismo, como personas que no son capaces de valerse por
sí mismas, y aquí se está demostrando que tienen
una capacidad extraordinaria de hacerlo.
El cara a cara, aún con la cámara de por medio, es un acto
de valentía...
-...Es un desafío, y es excitante. En el fondo uno va detrás
de las máscaras y sabe que todo el mundo, todos nosotros, actuamos
socialmente. Y que lo que verdaderamente somos, nadie más que uno
lo sabe... es muy raro que eso aparezca. Entonces es realmente un desafío
tratar de llegar a tocar esas partes, y hay gente en la que uno entra
bien y otra en la que no entra nomás. En mi carrera, en cuatro
o cinco sesiones de trabajo no he quedado conforme... Porque esto también
implica que uno se muestre, de lo contrario no te creen. Y hace poco con
una actriz... ¡fue una terapia para ella! Estaba llena de rollos,
se soltó y terminó llorando, fue un trabajo impresionante.
Mantener las máscaras, todo el tiempo, es algo muy tensionante.
Los jóvenes de Con Agua de Cielo, ¿tienen sus propias máscaras?
-No, porque tienen menos códigos, conocen menos cosas de las que
nosotros socialmente estamos acostumbrados... Pero también son
manipuladores, porque muchas veces sus padres son sobre protectores, entonces
saben manipular muy bien. Por eso, en la escuela, el método de
educación les exige y si hay que retarlos se les reta. Discapacitados
hay de todos los tipos. Así como hay de todo entre nosotros, gente
discapacitada mala o buena también hay. Sólo que con ellos
es mucho más fácil, se entregan más rápidamente
y con más transparencia que nosotros.
Sé que te atrae la fotografía de Joel Peter Witkin, de hecho
en la imagen que haces de Las Meninas, a mi juicio una de las puestas
en escena más inquietante, su influencia es un buen aporte. ¿Podrías
hablarme un poco de este guiño?
-Es cierto, me atrae mucho eso de Witkin. La puesta en escena es algo
que me ha interesado siempre, desde mis inicios como fotógrafo
de teatro (en la Compañía Fin de Siglo)... ¡Y esa
cosa tan transgresora de Witkin!, que es capaz de trabajar con cadáveres
o las aberraciones más grandes del ser humano y convertirlo en
una obra de una factura finísima... En algunas de ellas hasta veo
conexiones espirituales... Yo aprecio mucho su obra, también su
juego más erótico, y sin duda que sus trabajos para mí
son referencias, como también lo es Diane Arbus. Pero no me preocupa,
mi trabajo no es una copia de lo que ellos hacen, hay una historia detrás.
A propósito de Arbus, a quien se le criticó por estigmatizar
de freaks o raros a sus retratados, creo que es algo que intentas evitar
con éxito en tus fotografías...
-Sí claro, es fundamental para mí. No me gusta ese tratamiento
que se hace con la gente “rara”. Mostrar la rareza con ánimos
morbosos, no lleva a ningún lado. Pero creo que el trabajo de la
Arbus es muy honesto, y es uno de los primeros trabajos donde un tipo
de gente está dignificada. Ahora, está dignificada desde
la mirada pesada y depresiva de ella, pero era su universo también.
El mío es mucho más positivo, no pienso en suicidarme ni
nada por el estilo. Pero sí, no deja de interesarme el drama humano
de la discriminación. Desde chico me interesó, desde la
época del colegio, donde tenía unos compañeros japoneses
de los que todos se reían. Yo me hacía amigo de ellos y
hasta los defendía. Es eso, la discriminación es algo que
no tolero (...) Desearía más justicia social, que Chile
no sea un país racista ni clasista, que se valore a la gente por
lo que vale y no por lo que tiene, algo que hoy es cada día más
notorio, en todo ámbito. Sin ir más lejos, la frase ‘¿A
quién le has ganado?’, es una manera de insultar que está
muy de moda. Entonces, aspiro a este tipo de cosas, a una sociedad con
menos cesantes, donde se trabaje menos y se aproveche mejor la energía.
¿Te has sentido discriminado alguna vez?
-Bueno, sí, muchas veces. En Canadá, donde viví,
y acá en Chile también, cuando más joven, en el ámbito
laboral. ¡El pituto en Chile! Y la mejor reacción es no repetirlo
uno también... Solos ante la existencia
“Lo que me interesó en Con Agua de Cielo fue poder mantener
una mirada desprovista de prejuicios, de vanidad y de orgullo, que acepta
al otro como es y no lo juzga. Y en el retrato, como norma, el intento
de captar una cierta atmósfera que a ratos ocurre, ese estado de
gracia del que habla Sergio Larraín, semejante a la inspiración
del poeta que dice ‘algo me atraviesa, y la mano se mueve’.
Se requiere de una profunda observación, desde el gesto o la postura,
hasta cambios más sutiles. ¡Si incluso el tono de la piel
cambia cuando la persona logra interesarse y comienza a confiar en lo
que estás haciendo! La gracia está en capturar ese momento,
esa creo que es la esencia de un buen retrato, de una fotografía
que transmite cosas, en la que se disparó cuando se debía
y se conjugó -misteriosamente también- el momento, a diferencia
de la foto conceptual, que puede ser muy interesante y en la que existen
grandes autores, pero que generalmente parten de una premisa establecida
y si no tienes los códigos, te aburres mirando. Creo que ese estado
particular de percepción, donde se logra la comunicación
entre el retratado, la luz y lo que está ocurriendo, donde lo único
que sabes es que ahí debes apretar el obturador, es lo importante.
De Las Meninas hicimos unas veinte fotos, con un perro vivo que se movía
y no se quedaba tranquilo. Entonces pusimos el perro embalsamado, en actitud
de súplica. Después le pedí a Becerro que entrara
con su cámara y se empezó a dar este juego visual, similar
al que proponía Velásquez... Ya los chicos estaban más
tranquilos, justo la perra se para en dos patas y mira por la ventana...
Era la foto”.
Así explica Aceituno su manera de ver la disciplina que le ha significado
incluso pedidos especiales para el programa El Mirador, de TVN: “Fue
para un proyecto que denominaron ‘Un loco amor’, un programa
de televisión sobre las parejas formadas por pacientes psiquiátricos,
la mayoría esquizofrénicos, de El Peral, acá de Santiago,
Punta Arenas y Los Andes. La idea fue mostrar el nuevo enfoque de la psiquiatría,
que busca terminar con los hospitales y su conocido hacinamiento, integrando
a estas personas que así lo merecen. En algunos casos es gente
muy inteligente, que desde el plano de la sensibilidad aporta muchísimo,
con otra percepción del mundo. Mi trabajo fue retratar a estas
parejas que, de hecho, llegaron acá al estudio arregladitos para
la foto. Tomamos once, conversamos -sobre ellos mismos, en realidad- y
los fotografié”.
No hace mucho, Aceituno rehusaba ser retratado. En los talleres que dicta
en los institutos ARCOS, ALPES y en las universidades de Chile y del Pacífico,
sus alumnos jamás podían usarlo a él de modelo. “Porque
no, por los mismos temores de cualquier persona, por la tensión
frente a la cámara y por inseguridad”, responde.
Eres un hombre que más bien gusta pasar inadvertido...
-Bueno, sí... no me gusta mucho llamar la atención, a pesar
de que uno también goza cuando te hablan de tus fotos... Pero creo
que es una buena arma para un fotógrafo, pasar inadvertido.
Especialmente para un fotoperiodista, pero ¿incluso para un retratista
que, entre cuatro paredes, debe relacionarse cara a cara con su retratado?
-Sobre todo para mirar. En cierta manera la gente se defiende menos. Uno
de los mayores problemas en la sociedad es el de las relaciones personales,
y el retrato lo es. Creo que por eso me gustó tanto este género,
porque significa ahondar en las relaciones personales. Y a veces estás
un par de horas con una persona a la que nunca antes viste... y termina
contándote cosas muy íntimas. Eso lo encuentro sorprendente.
En cierta manera también es una suerte de postura ideológica
frente a mi trabajo, a mi vida con la fotografía.
¿Por qué puedo interesarme en ahondar una relación
o confesar mis intimidades con un desconocido que está frente a
mí para tomarme una fotografía?
-Debe ser porque los seres humanos, en lo más profundo, estamos
solos, solos ante la existencia. Y al que tienes al frente también
lo está. La gente se llena de cosas y de otras personas al rededor
para luchar contra ese estado que puede dar mucho miedo. Lo importante
es no tener miedo a reconocerlo, pues en el fondo la sociedad te mete
susto con eso, con la inseguridad, con la soledad, ¡cuántas
compañías de seguros hay! La sociedad te da paraguas donde
supuestamente nada te va a pasar, pero le sacas el paraguas y quedas en
el vacío. No creo que dicho vacío sea malo, en él
está lo más esencial de la vida y la muerte, de lo que somos.
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